ALTA FRECUENCIA

Soltura y profundidad

De la abismal profundidad del lago quieto,
emergen suaves olas de liviandad y soltura.
La alta frecuencia opera desde la quietud de lo
profundo. Desde allí, un leve movimiento
adquiere la fuerza de un tsunami.
En la superficie, la soltura puede ser
arrasadora;
Y en su desenlace, volver a la profunda
quietud.

Luis Altieri

 

Velo luminar

No es poco sugerir que el abismo y la poesía definan al ethos de una persona. Tampoco lo es el afirmar que la fragilidad y el verbo caractericen la suspensión de unas pinturas y unos dibujos lindantes con lo inmensurable, cuando no imposibles de medir ellas también. Ocurre que, más allá de emplear colores, lápices o pinceles, esto es, más allá de que se utilice el instrumento que sea, la poética puede estar, o no. Y Luis Altieri da muestras de su poesía, que no es otra que la de lo flotante y aéreo. El agua, la tierra y el fuego, a los que debemos agregar el aire, se manifiestan –con todo lo que implica el verbo manifestar- en estas obras. Esta manifestación es gestual y suelta, vale decir, aérea y volátil.

Si lo contenido en sus obras remite a los elementos –que pueden ser los cuatro ancestrales, o bien cinco si les sumamos uno quinto asociado a la inmaterialidad espiritual-, la forma de vestirlos es un vuelo en sí mismo. Dicho con otras palabras: el acto de contener y conformar suele participar de lo contenido y conformado, de manera que el vuelo resulta ser parte del mensaje, sino el mensaje mismo. El vuelo de Luis Altieri no puede escindirse de la disposición musical de los colores, ni de la intrigante espesura de las palabras. El poema arriba trascripto comunica su interés por lo quieto, pero también por lo turbado, y trata sobre la conexión entre el fondo y la superficie. La forma de transmitir es clara y concisa, vale decir directa. No da rodeos. La idea se comprende al instante, y sus consecuencias duran mucho más que el momento de la lectura. En el caso de sus trabajos pintados, que de alguna manera prolongan un antiguo gusto por el dibujo, prosigue el examen de la quietud y la turbación, al igual que los vínculos entre lo hondo y el límite.

Altieri emplea colores fríos y cálidos, y su paleta no se limita a un tono específico. La explosión salvaje del pigmento es una de las cualidades protagonistas, tanto como el trabajo sobre el fondo, que azul, plomizo o decididamente incierto, constituye la sustancia primaria sobre la cual navegan figuras irregulares, letras concisas y signos ignotos. En otros sitios hay flechas, puntos y números, que sumados a trazos y salpicaduras, conforman universos abiertos que dialogan con evidentes cargas de materia o con sepultados recortes de papel. Es importante concentrar la mirada en el soporte. En el caso de las telas llama la atención los juegos y atmósferas logrados mediante esos papeles, que pegados integran la base. Dispuestos en tiras apenas visibles una vez finalizada la obra, componen sustentos plásticos que seducen al ojo. Estos papeles, como el resto de la pintura, registran incisiones cuan sutiles tajos, los que refuerzan un concepto oriental de la estética que amalgama arte y artesanía, comulgándolos en acciones

y actos rutinarios para nada desvinculados de lo sagrado y circular. En las maderas ocurre algo semejante pero magnificado. Su robustez permite incorporar niveles más amplios de carga que, sumados a incisiones y heridas superiores, configuran otros ambientes tanto o más neumáticos y susurrantes.

Como tantas veces ocurre al estar en presencia de obras ensimismadas, surge la tentación de establecer nexos con trabajos de diversos autores y tiempos. Viene a la mente, por ejemplo, la imagen de Siddhartha Gautama caminando por bosques y senderos que bordean ríos y arroyos. Y es que, como Hermann Hesse sugiriera en El lobo estepario, o como Ernest Hemingway retratara en El viejo y el mar, la persona es una e indivisible, y sus momentos más intensos y esclarecedores son vividos en soledad. Algo semejante ocurre cuando observamos las modulaciones pictóricas que Altieri construye. Es su entrega al color, con el consecuente olvido de sí mismo, lo que nos sintoniza con sus pinturas. El ensimismamiento, que debemos asociar a la solvencia artística, provoca la vibración en alta frecuencia. Precisamente ocurre esto cuando nos encontramos con obras de gran autonomía estética; cerradas y abiertas a un mismo tiempo. En nuestro caso, cada uno de los velos que cubren la superficie original terminan urdiendo determinados caracteres únicos, quizá definidos por la sensualidad vibrátil o la sintonía con los cosmos reales o imaginarios.

Nada es casual y todo es adrede. Algunos trazos pueden parecer caprichosos pero, en verdad, se ajustan a nociones compositivas que resuelven equilibrios y tensiones. Incluso nociones clásicas, como la sección áurea, están integradas al proceso creador. La pregnancia y la mesura no deben hacernos equivocar. Más allá del buen orden y la factura, se constata aquel atisbo de locura que transforma al trabajo excelente en una obra de arte. ¿Pero cómo la mesura puede dar origen a la desmesura genial? Ahí aparece el creador, que cree en su camino y no se conforma con la receta; y realiza un tajo en su propio yo, que es un ámbito donde no hay tiempo, ni memoria. Observemos sus cajas, por ejemplo. Son intrigantes, confeccionadas y austeras; realizadas con materias firmes, aunque dóciles, desarrollan el volumen y trabajan con una idea que bebe del dolmen y el mojón. No puedo dejar de remitirme a la Estela de Hammurabi, que con su atmósfera solemne enfatiza lo sagrado y ceremonial. Una postura semejante encontramos en los objetos rectangulares, negros y misteriosos presentes en 2001: Odisea del Espacio, de Stanley Kubrick. Las cajas de Altieri prolongan el aire de todas estas formas. Las caracteriza el clima y el distanciamiento; son matemáticas y algorítmicas, pero encierran un sesgo desconocido y oculto, como si su constructor fuera un brujo anacoreta, más cercano a lo indescifrable y abisal que a lo resuelto y clarificado.

Los trabajos que aquí presenta ostentan mayor carga de materia que en otras oportunidades, lo que colabora en el tramado de un bajo continuo relativamente irregular. Esta rusticidad está en el corazón de las sutilezas y matices visibles, y erige una vocálica tonal mayor. Los residuos blancos y oscuros completan paisajes que organizan al color de forma trascendente. Y toda la topografía remite a mapas íntimos, tan blandos como duros. En ellos la poética impregna los centros y las esquinas, y esboza iluminaciones que no descreen de lo umbroso. Como en sus escritos y poemas, las pinturas de Luis Altieri vienen de universos silentes y honestos, y pergeñan estancias afinadas. Son velos desvestidos que pregonan las verdades del fondo, justo allí donde las tormentas se desatan.

Miguel Ángel Rodríguez
Integrante de Babel Consultoría de Arte.
Santa Rosa, La Pampa, Invierno de 2011.